Ganadería y cambio climático: cómo se adapta el ganado al calor

Los retos del cambio climático

El cambio climático es hoy una de las mayores amenazas para la sostenibilidad de la producción agroganadera. El aumento de temperatura, cambios en los patrones de precipitación y fenómenos meteorológicos extremos están reconfigurando las condiciones de explotación y el futuro de la producción ganadera (IPCC, 2023).

Las anomalías en las lluvias, las sequías más intensas, las inundaciones y las olas de calor serán fenómenos cada vez más frecuentes, lo que afectará al ganado por dos vías. Por un lado, sus efectos directos comprometen la salud y el bienestar animal: menor confort térmico, alteraciones metabólicas y mayor vulnerabilidad a enfermedades, especialmente las asociadas a vectores cuya distribución cambia con las alteraciones climáticas. Por otro, los efectos indirectos se reflejan en la reducción de la calidad y disponibilidad de agua y alimentos.

Los modelos de simulación aplicados al ganado vacuno predicen una reducción en la producción mundial de carne. Aunque el impacto no será uniforme, en zonas áridas y en países del Sur global los descensos podrían ser severos, afectando tanto la rentabilidad de las explotaciones como la seguridad alimentaria de millones de personas. En el caso de la Europa mediterránea, y particularmente en España, los datos de los últimos cincuenta años muestran una tendencia clara hacia un aumento en la frecuencia, duración e intensidad de las olas de calor (AEMET, 2025). Un ejemplo reciente lo tenemos en el verano de 2025, el más cálido desde 1961. En él se registró una temperatura media en la España peninsular de 24.2°C (+2.1°C por encima de la media de 1991 a 2020) y hubo tres olas de calor que afectaron durante largos períodos a la casi totalidad de provincias españolas, con un total de 33 días bajo ola de calor. Esta nueva normalidad obliga a replantear la gestión del manejo de los animales y las instalaciones, con el fin de minimizar los eventuales impactos negativos.

Estrategias de adaptación del ganado al calor

El ganado dispone de un conjunto de mecanismos de adaptación al calor que buscan mantener la homeostasis, es decir, el equilibrio interno necesario para sobrevivir. Estas respuestas se expresan en distintos niveles y tiempos: a corto plazo, con cambios inmediatos en el comportamiento, la fisiología o el metabolismo, o a medio y largo plazo, con modificaciones en el pelaje, la pigmentación, la conformación corporal o incluso a nivel genético y epigenético (Figura 1). Todas estas estrategias actúan de manera simultánea, configurando un complejo sistema de defensa frente al estrés térmico.



Mecanismos adaptativos del ganado frente al estrés térmico

Figura 1. Mecanismos adaptativos del ganado frente al estrés térmico (adaptado de Sejian et al., 2018: https://doi.org/10.1017/S1751731118001945).

Respuestas inmediatas del ganado al cambio climático

Entre las adaptaciones el comportamiento ocupa un lugar clave, por ser la primera y más rápida reacción del ganado frente al calor, incluyendo aspectos como:

  • búsqueda de sombra: los animales se desplazan a zonas más frescas para reducir el impacto de la radiación solar directa.
  • reducción de la ingesta: comer menos implica generar menos calor metabólico, mientras que el aumento de la frecuencia y volumen de bebida refrigera y compensa las pérdidas por sudoración.
  • aumento de la rumia y del descanso: comportamientos que ayudan a equilibrar el gasto energético.
  • cambios posturales: posiciones que facilitan la ventilación corporal y la pérdida de calor.

Estos ajustes de conducta, que pueden observarse a simple vista, son también medibles mediante tecnologías de monitorización. Los sensores permiten cuantificar de forma objetiva la actividad del ganado, lo que abre la puerta a sistemas de alerta temprana en las explotaciones (Bouchon et al., 2025), que facilitan a los ganaderos tomar decisiones rápidas para proteger a sus animales.

Además de la conducta, se activan otras adaptaciones más o menos inmediatas:

  • fisiológicas, como el jadeo, la sudoración o la vasodilatación periférica.
  • neuroendocrinas, relacionadas con la gestión del estrés (activación del eje hipotálamo-hipófisis-glándula adrenal) y la regulación de la hidratación (activación del sistema renina-angiotensina-aldosterona)
  • sanguíneas, con una reducción del volumen del plasma y cambios en la concentración de electrolitos o antioxidantes, aumentando la concentración de proteínas de fase aguda (indicadoras de la respuesta inflamatoria).
  • metabólicas y moleculares, que ajustan el uso de la energía y protegen a los tejidos y células frente al daño.

Todas estas respuestas permiten al animal adaptarse al aumento de temperatura, pero también implican un coste: menor eficiencia productiva, mayor desgaste energético y en algunos casos reducción de la fertilidad o los rendimientos productivos.

Mirando al futuro

El escenario es desafiante, pero con los avances científicos aumentan también las posibilidades de diseñar estrategias de adaptación más eficaces. El estudio de los mecanismos conductuales y fisiológicos, junto con el uso de tecnologías de monitorización, ofrece valiosas herramientas: entender cómo el ganado afronta el estrés térmico, y aprovechar ese conocimiento para mejorar su bienestar y la eficiencia de las explotaciones será clave para garantizar la seguridad alimentaria en las próximas décadas. La implementación de sistemas de alerta temprana, el rediseño de instalaciones e infraestructuras (sombreado, ventilación, acceso al agua) y la selección genética orientada a la resiliencia térmica son solo algunas de las posibilidades.